Entre las actividades del día de hoy, nos tocó ir al pediatra para el chequeo de rutina de mi hija quien acababa de salir de su curso de verano de baile variado. Muy arreglada para su curso, se colocó su vincha (diadema) de unicornio y nos encaminamos a la cita médica. Pasamos al consultorio con la doctora y luego nos enviaron al consultorio donde colocaban las vacunas. Revisaron la tarjeta y le tocaban 2.
Mi hija no estaba para nada entusiasmada ya que tiene un mal recuerdo de una vacuna que fue muy dolorosa y que se la colocaron en el muslo, lo que le causó un gran dolor y un par de días de cojera. Esta vez le tocaba en el brazo así que no debía ser tan malo.
No habían ni siquiera sacado la aguja de su estuche cuando a ella ya le corrían enormes lágrimas por las mejillas. Las enfermeras le hablaron con mucho cariño para tratar de distraerla y yo para animarla le dije: Vamos, que los unicornios no lloran. Una de las enfermeras soltó la carcajada porque le gustó la frase, sin embargo la víctima de la vacunación seguía sufriendo por lo que iba a pasar. La otra enfermera preparaba lo que necesitaba, se movía de un lado a otro y anotaba en la tarjeta lo que estaba haciendo.
De repente, se abre la puerta y entra otra enfermera y al ver a mi hija llorando dice: Oye, pero si es un unicornio bello y los unicornios no lloran.
Fue muy gracioso que soltara la misma expresión y me hizo reflexionar por qué estamos tan seguras de que los unicornios no lloran. ¿será por eso que son tan populares?
Al final salió ganando ya que le regalaron unas pastillas para consolarla de su "trágico" momento, así que colorín, colorado...este cuento se ha acabado.



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